
Podríamos decir, desde una perspectiva un tanto restringida, que la sociedad, a través del tiempo ha ido reproduciendo sus códigos culturales sobre la base de un paradigma de características “lineales”; para quienes no están familiarizado con el concepto, es equivalente a decir que en nuestra lógica de razonamiento diario siempre esperamos que los resultados de toda acción se produzcan en la misma dirección del esfuerzo realizado; alguien diría que esto no es nada nuevo y tendría toda la razón, puesto que dicho razonamiento ya estaba instalado en la época de los griegos y perdura hasta el día de hoy; reafirmando el concepto revisemos un ejemplo: si empujamos un automóvil, todos esperaríamos que el desplazamiento se produzca en la misma dirección de nuestro esfuerzo; bajo esta misma lógica podríamos afirmar que vamos a la Iglesia para ser mejores personas, que ahorramos en nuestra vida laboral para cuando no lo podamos hacer, que enviamos nuestros hijos a la escuela para que aprendan, etc.
El tema cobra importancia cuando observamos en la práctica por ejemplo: “que no obstante ir muchos años a la escuela no necesariamente nos transforma en personas educadas”, “que cancelar nuestra cotización previsional no nos garantiza la anhelada pensión, ya que dependerá de la forma en que invierte nuestro organismo previsional y de cómo se comporta el sistema económico”, “invertir grandes sumas de dinero en darle una profesión a nuestros hijos no les garantiza un puesto de trabajo”, etc.
Las interrelaciones que se producen a diario en la sociedad, hace bastante que han pasado a definirse dentro de los eventos o sucesos que obedecen a una dinámica compleja, es decir que los procesos que se dan a nivel de sociedad, están regidos por un paradigma en que deben enfrentarse a lo menos tres escenarios, a saber: escenario tendencial, escenario deseado y cada vez con más fuerza el escenario alternativo, dada la naturaleza incierta de los contextos en que se desenvuelven nuestras acciones.
Sin duda que la educación como proceso merece toda la preocupación de la sociedad, en particular por proveerla de recursos, importante sin duda, no obstante la mayor preocupación debería centrase en producir un verdadero cambio de los códigos culturales que hoy operan en la escuela y ello dependerá en gran medida de considerar a la escuela bajo un enfoque de organizaciones dinámicas complejas, donde el término complejo no se relaciona con mayor o menor dificultad en el proceso, sino con los modelos con los cuales se gestiona el currículo, teniendo presente que lo implícito puede cobrar en los alumnos mayor fuerza que lo explícito o prescrito, haciéndose cada vez más urgente la necesidad de una educación compartida con la familia, donde cobren un real sentido lo expresado en el “gesto como en la palabra”.
Así, el mejoramiento de los aprendizajes se hará efectivo si todos quienes tienen responsabilidades en el sistema educacional (autoridades, comunidad, docentes, padres, estudiantes, etc), actúan en consecuencia. La escuela no tendrá mejores resultados que los que alcanza la sociedad en su conjunto, ¿podríamos pedirle a la escuela que revierta los códigos que el cuerpo social genera en función de sus intereses?, ¿no será una actitud cómoda exigirle a la escuela que resignifique la formación que genera una sociedad de consumo, altamente personalista y competitiva y que la reencause hacia manifestaciones más solidarias y que éstas se expresen en la convivencia diaria?.
Sin duda la escuela como sistema debe enfrentar esta nueva realidad y producir una gran transformación de sus prácticas institucionales para aumentar sus niveles de impacto en la sociedad, ello pasa irremediablemente por abrirse y conquistar nuevos espacios, más allá de lo próximo y predecible; hoy es posible conectarse e interactuar con el mundo en tiempo real, mas, los mejores equipos y la mejor banda ancha, serán insuficientes si la escuela y los actores sociales con quienes comparte responsabilidad, no apuesten a una formación en concordancia con los nuevos escenarios, generando una relación virtuosa que potencie los esfuerzos para que la escuela proporcione una educación con sentido, que integra los ámbitos del saber, del hacer y del convivir.
El tema cobra importancia cuando observamos en la práctica por ejemplo: “que no obstante ir muchos años a la escuela no necesariamente nos transforma en personas educadas”, “que cancelar nuestra cotización previsional no nos garantiza la anhelada pensión, ya que dependerá de la forma en que invierte nuestro organismo previsional y de cómo se comporta el sistema económico”, “invertir grandes sumas de dinero en darle una profesión a nuestros hijos no les garantiza un puesto de trabajo”, etc.
Las interrelaciones que se producen a diario en la sociedad, hace bastante que han pasado a definirse dentro de los eventos o sucesos que obedecen a una dinámica compleja, es decir que los procesos que se dan a nivel de sociedad, están regidos por un paradigma en que deben enfrentarse a lo menos tres escenarios, a saber: escenario tendencial, escenario deseado y cada vez con más fuerza el escenario alternativo, dada la naturaleza incierta de los contextos en que se desenvuelven nuestras acciones.
Sin duda que la educación como proceso merece toda la preocupación de la sociedad, en particular por proveerla de recursos, importante sin duda, no obstante la mayor preocupación debería centrase en producir un verdadero cambio de los códigos culturales que hoy operan en la escuela y ello dependerá en gran medida de considerar a la escuela bajo un enfoque de organizaciones dinámicas complejas, donde el término complejo no se relaciona con mayor o menor dificultad en el proceso, sino con los modelos con los cuales se gestiona el currículo, teniendo presente que lo implícito puede cobrar en los alumnos mayor fuerza que lo explícito o prescrito, haciéndose cada vez más urgente la necesidad de una educación compartida con la familia, donde cobren un real sentido lo expresado en el “gesto como en la palabra”.
Así, el mejoramiento de los aprendizajes se hará efectivo si todos quienes tienen responsabilidades en el sistema educacional (autoridades, comunidad, docentes, padres, estudiantes, etc), actúan en consecuencia. La escuela no tendrá mejores resultados que los que alcanza la sociedad en su conjunto, ¿podríamos pedirle a la escuela que revierta los códigos que el cuerpo social genera en función de sus intereses?, ¿no será una actitud cómoda exigirle a la escuela que resignifique la formación que genera una sociedad de consumo, altamente personalista y competitiva y que la reencause hacia manifestaciones más solidarias y que éstas se expresen en la convivencia diaria?.
Sin duda la escuela como sistema debe enfrentar esta nueva realidad y producir una gran transformación de sus prácticas institucionales para aumentar sus niveles de impacto en la sociedad, ello pasa irremediablemente por abrirse y conquistar nuevos espacios, más allá de lo próximo y predecible; hoy es posible conectarse e interactuar con el mundo en tiempo real, mas, los mejores equipos y la mejor banda ancha, serán insuficientes si la escuela y los actores sociales con quienes comparte responsabilidad, no apuesten a una formación en concordancia con los nuevos escenarios, generando una relación virtuosa que potencie los esfuerzos para que la escuela proporcione una educación con sentido, que integra los ámbitos del saber, del hacer y del convivir.

